Ya la Biblia menciona la lana a propósito de la que se vendía en la ciudad de Damasco, al parecer de gran calidad. Los antiguos pueblos del Cáucaso vestían mantos de lana denominados shal (de donde deriva la palabra chal). Las ovejas se criaban por su lana, además de por su carne y su piel, en toda la zona mediterránea. Sicilia y el sur de Italia proporcionaban lana a Roma para la confección de prendas de vestir; durante los primeros siglos de la era cristiana se pusieron de moda los tejidos de seda importados de China. La mejor lana procedía de las ovejas merinas criadas en Castilla (España). Posteriormente los belgas aprendieron a fabricar textiles de lana de gran calidad y enseñaron esta artesanía a los sajones de Gran Bretaña, que también fueron famosos por sus excelentes tejidos.
La lana, obtenida del pelo de animales como la oveja y el carnero, tiene la peculiaridad de ser una fibra hueca, lo que le confiere capacidades aislantes y de conservación de la temperatura corporal, permitiendo la transpiración y evitando la desagradable sensación de sudoración. Además de ser una fibra ligera, el rizo de la lana imprime elasticidad y resistencia a los tejidos, con una menor deformación en comparación con otras fibras naturales.